El Sombrero de tres picos

El Sombrero de tres picos

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XXV

Precedámosles nosotros, supuesto que tenemos carta blanca para andar más de prisa que nadie.

Garduña se hallaba ya de vuelta en el molino, después de haber buscado a la señá Frasquita por todas las calles de la ciudad…

El astuto alguacil había tocado de camino en el corregimiento, donde lo encontró todo muy sosegado. Las puertas seguían abiertas como en medio del día, según es costumbre cuando la autoridad está en la calle ejerciendo sus sagradas funciones. Dormitaban en la meseta de la escalera y en el recibimiento otros alguaciles y ministros, esperando descansadamente a su amo, mas, cuando sintieron llegar a Garduña, desperezáronse dos o tres de ellos, y le preguntaron al que era su decano y jefe inmediato:

—¿Viene ya el señor?

—¡Ni por asomo! Estaos quietos. Vengo a saber si ha habido novedad en la casa…

—Ninguna.

—¿Y la señora?

—Recogida en sus aposentos.

—¿No ha entrado una mujer por estas puertas hace poco?

—Nadie ha parecido por aquí en todo la noche…


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