El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos —Pues no dejéis entrar a persona alguna, sea quien sea y diga lo que diga. ¡Al contrario! Echadle mano al mismo lucero del alba que venga a preguntar por el señor o por la señora, y llevadlo a la cárcel.
—¿Parece que esta noche se anda a cazo de pájaros de cuenta? —preguntó uno de los esbirros.
—¡Caza mayor! —añadió otro.
—¡Mayúscula! —respondió Garduña solemnemente—. ¡Figuraos si la cosa será delicada, cuando el señor corregidor y yo hacemos la batida por nosotros mismos!… Conque… hasta luego, buenas piezas, y ¡mucho ojo!
—Vaya usted con Dios, señor Bastián —repusieron todos, saludando a Garduña.
—¡Mi estrella se eclipsa! —murmuró éste al salir del corregimiento—. ¡Hasta las mujeres me engañan! La molinera se encaminó al lugar en busca de su esposo, en vez de venirse a la ciudad… ¡Pobre Garduña! ¿Qué se ha hecho de tu olfato?
Y, discurriendo de este modo, tomó la vuelta del molino.
Razón tenÃa el alguacil para echar de menos su antiguo olfato, pues que no venteó a un hombre que se escondÃa en aquel momento detrás de unos mimbres, a poca distancia de la ramblilla, y el cual exclamó para su capote, o más bien para su capa de grana: