El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos —Supongamos todo lo que usted quiera… —continuó Doña Mercedes con una impasibilidad inexplicable—. Pero dÃgame usted ahora, señor mÃo, ¿tendrÃa derecho a quejarse?, ¿podrÃa usted acusarme como fiscal?, ¿podrÃa usted sentenciarme como juez?, ¿viene usted acaso del sermón?, ¿viene usted de confesar?, ¿viene usted de oÃr misa?, ¿o de dónde viene usted con ese traje?, ¿de dónde viene usted con esa señora?, ¿dónde ha pasado usted la mitad de la noche?
—Con permiso… —exclamó la señá Frasquita, poniéndose de pie como empujada por un resorte, y atravesándose arrogantemente entre la corregidora y su marido.
Éste, que iba a hablar, se quedó con la boca abierta al ver que la navarra entraba en fuego.
Pero Doña Mercedes se anticipó, y dijo:
—Señora, no se fatigue usted en darme a mà explicaciones… ¡Yo no se las pido a usted, ni mucho menos! Allà viene quien puede pedÃrselas a justo tÃtulo… ¡Entiéndase usted con él!
Al mismo tiempo se abrió la puerta de un gabinete y apareció en ella el tÃo Lucas, vestido de corregidor de pies a cabeza, y con bastón, guantes y espadÃn, como si se presentase en las salas de cabildo.