El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos —¡Fuera de aquà todo el mundo! —gritó D. Eugenio, echando espumarajos de rabia—. ¡Garduña! ¡Garduña! ¡Ven y prende a estos viles que me están faltando al respeto! ¡Todos a la cárcel! ¡Todos a la horca!
Garduña no parecĂa por ningĂşn lado.
—Además, señor… —continuó Doña Mercedes, cambiando de tono y dignándose ya mirar a su marido y tratarle como a tal, temerosa de que las chanzas llegaran a irremediables extremos—. Supongamos que usted es mi esposo… Supongamos que usted es D. Eugenio de Zúñiga y Ponce de León…
—¡Lo soy!
—Supongamos, además, que me cupiese alguna culpa en haber tomado por usted al hombre que penetró en mi alcoba vestido de corregidor…
—¡Infames! —gritó el viejo, echando, mano a la espada, y encontrándose sólo con el sitio o sea con la faja de molinero murciano.
La navarra se tapĂł el rostro con un lado de la mantilla para ocultar las llamaradas de sus celos.