El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos —Ahora no se trata de ella… —gritó el corregidor, tornando también a sus celos—. ¡Se trata de usted y de esta señora! ¡Ah, Merceditas!… ¿Quién habÃa de decirme que tú?…
—Pues ¿y tú? —repuso la corregidora midiéndolo con la vista.
Y durante algunos momentos, los dos matrimonios repitieron cien veces las mismas frases:
—¿Y tú?
—Pues ¿y tú?
—¡Vaya que tú!
—¡No que tú!
—Pero ¿cómo has podido tú?…
Etc., etc., etc.
La cosa hubiera sido interminable, si la corregidora, revistiéndose de dignidad, no dijese por último a D. Eugenio:
—¡Mira, cállate tú ahora! Nuestra cuestión particular la ventilaremos más adelante. Lo que urge en este momento es devolver la paz al corazón del tÃo Lucas, cosa muy fácil, a mi juicio, pues allà distingo al Sr. Juan López y a Toñuelo, que están saltando por justificar a la señá Frasquita.
—¡Yo no necesito que me justifiquen los hombres! —respondió ésta—. Tengo dos testigos de mayor crédito, a quienes no se dirá que he seducido ni sobornado…