El Sombrero de tres picos

El Sombrero de tres picos

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—En esto rebuznó tu borrica…

—¡Justamente! ¡Ah, qué feliz soy!… ¡Habla, habla, que cada palabra tuya me devuelve un año de vida!

—Y a aquel rebuzno le contestó otro en el camino…

—¡Oh! sí…, sí… ¡Bendita seas! ¡Me parece estarlo oyendo!

—Eran Liviana y Piñona, que se habían reconocido y se saludaban como buenas amigas, mientras que nosotros dos ni nos saludamos ni nos reconocimos…

—¡No me digas más!… ¡No me digas más!…

—Tan no nos reconocimos —continuó la señá Frasquita—, que los dos nos asustamos y salimos huyendo en direcciones contrarias… ¡Conque ya ves que yo no estaba en el molino! Si quieres saber ahora por qué encontraste al señor corregidor en nuestra cama, tienta esas ropas que llevas puestas, y que todavía estarán húmedas, y te lo dirán mejor que yo. ¡Su Señoría se cayó en el caz del molino, y Garduña lo desnudó y lo acostó allí! Si quieres saber por qué abrí la puerta…, fue porque creí que eras tú el que se ahogaba y me llamaba a gritos. Y, en fin, si quieres saber lo del nombramiento… Pero no tengo más que decir por la presente. Cuando estemos solos, te enteraré de ese y otros particulares… que no debo referir delante de esta señora.


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