El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos —Vamos… Vamos a descambiar… —dÃjole el murciano a D. Eugenio, alegrándose mucho de no haberlo asesinado, pero mirándolo todavÃa con un odio verdaderamente morisco—. ¡El traje de Vuestra SeñorÃa me ahoga! ¡He sido muy desgraciado mientras lo he tenido puesto!…
—¡Porque no lo entiendes! —respondióle el corregidor—. ¡Yo estoy, en cambio, deseando ponérmelo, para ahorcarte a ti y a medio mundo si no me satisfacen las exculpaciones de mi mujer!
La corregidora, que oyó estas palabras, tranquilizó a la reunión con una suave sonrisa, propia de aquellos afanados ángeles cuyo ministerio es guardar a los hombres.