El Sombrero de tres picos

El Sombrero de tres picos

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Marchado que se hubieron todos, y solos ya en el salón los desavenidos cónyuges, la corregidora se dignó al fin decirle a su esposo, con el acento que hubiera empleado una zarina de todas las Rusias para fulminar sobre un ministro caído la orden de perpetuo destierro a la Siberia:

—Mil años que vivas ignorarás lo que ha pasado esta noche en mi alcoba… Si hubieras estado en ella, como era regular, no tendrías necesidad de preguntárselo a nadie. Por lo que a mí toca, no hay ya, ni habrá jamás, razón ninguna que me obligue a satisfacerte, pues te desprecio de tal modo, que si no fueras el padre de mis hijos, te arrojaría ahora mismo por ese balcón, como te arrojo para siempre de mi dormitorio. Conque, buenas noches, caballero.

Pronunciadas estas palabras, que Don Eugenio oyó sin pestañear (pues lo que es a solas no se atrevía con su mujer), la corregidora penetró en el gabinete, y del gabinete pasó a la alcoba, cerrando las puertas detrás de sí, y el pobre hombre se quedó plantado en medio de la sala, murmurando entre encías (que no entre dientes) y con un cinismo de que no habrá habido otro ejemplo:

—¡Pues, señor, no esperaba yo escapar tan bien!… ¡Garduña me buscará acomodo!


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