El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos —Dios te guarde, Frasquita… —dijo el corregidor a media voz, apareciendo bajo el emparrado y andando de puntillas.
—¡Tanto bueno, señor corregidor! —respondió ella en voz natural, haciéndole mil reverencias—. ¡UsÃa por aquà a estas horas! ¡Y con el calor que hace! ¡Vaya, siéntese Su SeñorÃa!… Esto está fresquito. ¿Cómo no ha aguardado Su SeñorÃa a los demás señores? Aquà tienen ya preparados sus asientos… Esta tarde esperamos al señor obispo en persona, que le ha prometido a mi Lucas venir a probar las primeras uvas de la parra. ¿Y cómo lo pasa Su SeñorÃa? ¿Cómo está la señora?
El corregidor se habÃa turbado. La ansiada soledad en que encontraba a la señá Frasquita le parecÃa un sueño, o un lazo que le tendÃa la enemiga suerte para hacerle caer en el abismo de un desengaño.
Limitose, pues, a contestar:
—No es tan temprano como dices… Serán las tres y media…
El loro dio en aquel momento un chillido.
—Son las dos y cuarto, —dijo la navarra, mirando de hito en hito al madrileño.
Éste calló, como reo convicto que renuncia a la defensa.