El Sombrero de tres picos

El Sombrero de tres picos

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—¿Y Lucas? ¿Duerme? —preguntó al cabo de un rato.

(Debemos advertir aquí que el corregidor, lo mismo que todos los que no tienen dientes, hablaba con una pronunciación floja y sibilante, como si se estuviese comiendo sus propios labios.)

—¡De seguro! —contestó la señá Frasquita—. En llegando estas horas se queda dormido donde primero le coge, aunque sea en el borde de un precipicio…

—Pues mira… ¡déjalo dormir!… —exclamó el viejo corregidor, poniéndose más pálido de lo que ya era—. Y tú, mi querida Frasquita, escúchame…, oye… ven acá… ¡Siéntate aquí; a mi lado!… Tengo muchas cosas que decirte…

—Ya estoy sentada, —respondió la molinera, agarrando una silla baja y plantándola delante del corregidor, a cortísima distancia de la suya.

Sentado que se hubo, Frasquita echó una pierna sobre la otra, inclinó el cuerpo hacia adelante, apoyó un codo sobre la rodilla cabalgadora, y la fresca y hermosa cara en una de sus manos; y así, con la cabeza un poco ladeada, la sonrisa en los labios, los cinco hoyos en actividad, y las serenas pupilas clavadas en el corregidor, aguardó la declaración de Su Señoría. Hubiera podido comparársela con Pamplona esperando un bombardeo.


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