El Sombrero de tres picos

El Sombrero de tres picos

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El pobre hombre fue a hablar, y se quedó con la boca abierta, embelesado ante aquella grandiosa hermosura, ante aquella esplendidez de gracias, ante aquella formidable mujer, de alabastrino color, de lujosas carnes, de limpia y riente boca, de azules e insondables ojos, que parecía creada por el pincel de Rubens.

—¡Frasquita!… —murmuró al fin el delegado del Rey, con acento desfallecido, mientras que su marchito rostro, cubierto de sudor, destacándose sobre su joroba, expresaba una inmensa angustia—. ¡Frasquita!…

—¡Me llamo! —contestó la hija de los Pirineos—. ¿Y qué?

—Lo que tú quieras… —repuso el viejo con una ternura sin límites.

—Pues lo que yo quiero… —dijo la molinera—, ya lo sabe Usía. Lo que yo quiero es que Usía nombre secretario del ayuntamiento de la ciudad a un sobrino mío que tengo en Estella…, y que así podrá venirse de aquellas montañas, donde está pasando muchos apuros…

—Te he dicho, Frasquita, que eso es imposible. El secretario actual…

—¡Es un ladrón, un borracho y un bestia!

—¡Ya lo sé!… Pero tiene buenas aldabas entre los regidores perpetuos, y yo no puedo nombrar otro sin acuerdo del cabildo. De lo contrario, me expongo…


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