El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos —¡Me expongo!… ¡Me expongo!… ¿A qué no nos expondrÃamos por Vuestra SeñorÃa hasta los gatos de esta casa?
—¿Me querrÃas a ese precio? —tartamudeó el corregidor.
—No, señor; que lo quiero a UsÃa de balde.
—¡Mujer, no me des tratamiento! Háblame de usted o como se te antoje… ¿Conque vas a quererme? Di.
—¿No le digo a usted que lo quiero ya?
—Pero…
—No hay pero que valga. ¡Verá usted qué guapo y qué hombre de bien es mi sobrino!
—¡Tú sà que eres guapa, Frascuela!…
—¿Le gusto a usted?
—¡Qué si me gustas!… ¡No hay mujer como tú!
—Pues mire usted… Aquà no hay nada postizo… —contestó la señá Frasquita, acabando de arrollar la manga de su jubón, y mostrando al corregidor el resto de su brazo, digno de una cariátide y más blanco que una azucena.
—¡Qué si me gustas!… —prosiguió el corregidor—. ¡De dÃa, de noche, a todas horas, en todas partes, sólo pienso en ti!…