El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos Y luego añadió por lo bajo, pero de modo que pudiera oírlo la señá Frasquita:
—¡Me la pagaréis!
—Pues, en cambio, Su Señoría me ha salvado a mí la vida —repuso el tío Lucas sin moverse de lo alto de la parra—. Figúrate mujer, que estaba yo aquí sentado contemplando las uvas, cuando me quedé dormido sobre una red de sarmientos y palos que dejaban claros suficientes para que pasase mi cuerpo… Por consiguiente, si la caída de Su Señoría no me hubiese despertado tan a tiempo, esta tarde me habría yo roto la cabeza contra esas piedras.
—Conque sí… ¿eh?… —replicó el corregidor—. Pues, ¡vaya, hombre!, me alegro… ¡Te digo que me alegro mucho de haberme caído!
—¡Me la pagarás! —agregó en seguida, dirigiendose a la molinera.
Y pronunció estas palabras con tal expresión de reconcentrada furia, que la señá Frasquita se puso triste.
Veía claramente que el corregidor se asustó al principio, creyendo que el molinero lo había oído todo; pero que, persuadido ya de que no había oído nada (pues la calma y el disimulo del tío Lucas hubieran engañado al más lince), empezaba a abandonarse a toda su iracundia y a concebir planes de venganza.