El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos —¡Vamos! ¡Bájate ya de ahÃ, y ayúdame a limpiar a Su SeñorÃa, que se ha puesto perdido de polvo! —exclamó entonces la molinera.
Y, mientras el tÃo Lucas bajaba, dÃjole ella al corregidor, dándole golpes con el delantal en la chupa y alguno que otro en las orejas:
—El pobre no ha oÃdo nada… Estaba dormido como un tronco…
Más que estas frases, la circunstancia de haber sido dichas en voz baja, afectando complicidad y secreto, produjo un efecto maravilloso.
—¡PÃcara! ¡Proterva! —balbuceó Don Eugenio de Zúñiga con la boca hecha un agua, pero gruñendo todavÃa…
—¿Me guardará UsÃa rencor? —replicó la navarra zalameramente.
Viendo el corregidor que la severidad le daba buenos resultados, intentó mirar a la señá Frasquita con mucha rabia; pero se encontró con su tentadora risa y sus divinos ojos, en los cuales brillaba la caricia de una súplica, y, derritiéndosele la gacha en el acto, le dijo con un acento baboso y sibilante, en que se descubrÃa más que nunca la ausencia total de dientes y muelas:
—¡De ti depende, amor mÃo!
En aquel momento se descolgó de la parra el tÃo Lucas.