El Sombrero de tres picos

El Sombrero de tres picos

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—¡Aquí tiene Usía Ilustrísima las primicias! —dijo el corregidor, tomando un racimo de manos de la molinera y presentándoselo cortésmente al obispo—. Todavía no había yo probado las uvas…

El corregidor pronunció estas palabras, dirigiendo de paso una rápida y cínica mirada a la espléndida hermosura de la molinera.

—¡Pues no será porque estén verdes, como las de la fábula! —observó el académico.

—Las de la fábula —expuso el obispo— no estaban verdes, señor licenciado; sino fuera del alcance de la zorra.

Ni el uno ni el otro habían querido acaso aludir al corregidor; pero ambas frases fueron casualmente tan adecuadas a lo que acababa de suceder allí, que Don Eugenio de Zúñiga se puso lívido de cólera, y dijo, besando el anillo del prelado:

—¡Eso es llamarme zorro, señor ilustrísimo!

—¡Tu dixisti! —replicó éste, con la afable severidad de un Santo, como diz que lo era en efecto—. Excusatio non petita, accusatio manifesta. Qualis vir, talis oratio. Pero satis jam dictum, nullus ultra sit sermo. O, lo que es lo mismo, dejémonos de latines, y veamos estas famosas uvas.

Y picó… una sola vez… en el racimo que le presentaba el corregidor.


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