El Sombrero de tres picos

El Sombrero de tres picos

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—¡Somos unos calaveras! —iban diciéndose el abogado y los dos canónigos—. ¿Qué pensarán en nuestras casas al vernos llegar a estas horas?

—Pues ¿qué dirán los que nos encuentren en la calle, de este modo, a las siete y pico de la noche, como unos bandoleros amparados de las tinieblas?

—Hay que mejorar de conducta…

—¡Ah! sí… ¡Pero ese dichoso molino!…

—Mi mujer lo tiene sentado en la boca del estómago… —dijo el académico, con un tono en que se traslucía mucho miedo a próxima pelotera conyugal.

—Pues ¿y mi sobrina? —exclamó uno de los canónigos, que por cierto era penitenciario—. Mi sobrina dice que los sacerdotes no deben visitar comadres…

—Y, sin embargo —interrumpió su compañero, que era magistral—, lo que allí pasa no puede ser más inocente…

—¡Toma! ¡Como que va el mismísimo señor obispo!

—Y luego, señores, ¡a nuestra edad!… —repuso el penitenciario—. Yo he cumplido ayer los setenta y cinco.

—¡Es claro! —replicó el magistral—. Pero hablemos de otra cosa: ¡qué guapa estaba esta tarde la señá Frasquita!

—¡Oh, lo que es eso…, como guapa, es guapa! —dijo el abogado, afectando imparcialidad.


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