El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos Hora y media después todos los ilustres compañeros de merienda estaban de vuelta en la ciudad.
El señor obispo y su familia habían llegado con bastante anticipación, gracias al coche, y hallábanse ya en palacio, donde los dejaremos rezando sus devociones.
El insigne abogado (que era muy seco) y los dos canónigos (a cual más grueso y respetable) acompañaron al corregidor hasta la puerta del ayuntamiento (donde Su Señoría dijo tener que trabajar), y tomaron luego el camino de sus respectivas casas, guiándose por las estrellas como los navegantes, o sorteando a tientas las esquinas como los ciegos, pues ya había cerrado la noche, aún no había salido la luna, y el alumbrado público (lo mimo que las demás luces de este siglo) todavía estaba allí en la mente divina.
En cambio, no era raro ver discurrir por algunas calles tal o cual linterna o farolillo con que respetuoso servidor alumbraba a sus magníficos amos, quienes se dirigían a la habitual tertulia o de visita a casa de sus parientes…
Cerca de casi todas las rejas bajas se veía (o se olfateaba, por mejor decir) un silencioso bulto negro. Eran galanes que, al sentir pasos, habían dejado por un momento de pelar la pava…
