El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos Entretanto, el corregidor habÃa subido al ayuntamiento, acompañado de Garduña, con quien mantenÃa hacÃa rato, en el salón de sesiones, una conversación más familiar de lo correspondiente a persona de su calidad y oficio.
—¡Crea UsÃa a un perro perdiguero que conoce la caza! —decÃa el innoble alguacil—. La señá Frasquita está perdidamente enamorada de UsÃa, y todo lo que UsÃa acaba de contarme contribuye a hacérmelo ver más claro que esa luz…
Y señalaba a un velón de Lucena, que apenas si esclarecÃa la octava parte del salón.
—¡No estoy yo tan seguro como tú, Garduña! —contestó D. Eugenio, suspirando lánguidamente.
—¡Pues no sé por qué! Y, si no, hablemos con franqueza. UsÃa… (dicho sea con perdón) tiene una tacha en su cuerpo… ¿No es verdad?
—¡Bien, sÃ! —repuso el corregidor—. Pero esa tacha la tiene también el tÃo Lucas. ¡Él es más jorobado que yo!
—¡Mucho más!, ¡muchÃsimo más!, ¡sin comparación de ninguna especie! Pero en cambio (y es a lo que iba), UsÃa tiene una cara de muy buen ver…, lo que se llama una bella cara…, mientras que el tÃo Lucas se parece al sargento Utrera, que reventó de feo.
El corregidor sonrió con cierta ufanÃa.