El Sombrero de tres picos

El Sombrero de tres picos

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—Ya he visto que ha salido… Pero yo tengo los pies muy hinchados…

—Pues entonces no perdamos tiempo. Yo le ayudaré a usted a aparejar la bestia.

—¡Hola! ¡Hola! ¿Temes que me escape?

—Yo no temo nada, tío Lucas… —respondió Toñuelo con la frialdad de un desalmado—. Yo soy la Justicia.

Y, hablando así, descansó armas; con lo que dejó ver el retaco que llevaba debajo del capote.

—Pues mira, Toñuelo… —dijo la molinera—, ya que vas a la cuadra… a ejercer tu verdadero oficio…, hazme el favor de aparejar también la otra burra.

—¿Para qué? —interrogó el molinero.

—¡Para mí! Yo voy con vosotros.

—¡No puede ser, señá Frasquita! —objetó el alguacil—. Tengo orden de llevarme a su marido de usted nada más, y de impedir que usted lo siga. En ello me van «el destino y el pescuezo». Así me lo advirtió el señor Juan López. Conque… vamos, tío Lucas…

Y se dirigió hacia la puerta.

—¡Cosa más rara! —dijo a media voz el murciano sin moverse.

—¡Muy rara! —contestó la señá Frasquita.

—Esto es algo… que yo me sé… —continuó murmurando el tío Lucas, de modo que no pudiese oírlo Toñuelo.


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