El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos Y habÃa una cruz en vez de rúbrica.
—Oye, tú. ¿Y qué es esto? —le preguntó el tÃo Lucas al alguacil—. ¿A qué viene esta orden?
—No lo sé… —contestó el rústico; hombre de unos treinta años, cuyo rostro esquinado y avieso, propio de ladrón o de asesino, daba muy triste idea de su sinceridad—. Creo que se trata de averiguar algo de brujerÃa, o de moneda falsa… Pero la cosa no va con usted… Lo llaman como testigo o como perito. En fin, yo no me he enterado bien del particular… El señor Juan López se lo explicará a usted con más pelos y señales.
—¡Corriente! —exclamó el molinero—. Dile que iré mañana.
—¡Ca!, ¡no, señor!… Tiene usted que venirse ahora mismo, sin perder un minuto. Tal es la orden que me ha dado el señor alcalde.
Hubo un instante de silencio.
Los ojos de la señá Frasquita echaban llamas.
El tÃo Lucas no separaba los suyos del suelo, como si buscara alguna cosa.
—Me concederás cuando menos —exclamó al fin, levantando la cabeza— el tiempo preciso para ir a la cuadra y aparejar una burra…
—¡Qué burra ni qué demontre! —replicó el alguacil—. ¡Cualquiera se anda a pie media legua! La noche está muy hermosa, y hace luna…