El Sombrero de tres picos

El Sombrero de tres picos

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XIX

—¡Alcaldes a mí, que soy de Archena! —iba diciéndose el murciano—. ¡Mañana por la mañana pasaré a ver al señor obispo, como medida preventiva, y le contaré todo lo que me ha ocurrido esta noche! ¡Llamarme con tanta prisa y reserva, a hora tan desusada; decirme que venga sólo; hablarme del servicio del rey, y de moneda falsa, y de brujas, y de duendes, para echarme luego dos vasos de vino y mandarme a dormir!… ¡La cosa no puede ser más clara! Garduña trajo al lugar esas instrucciones de parte del corregidor, y esta es la hora en que el corregidor estará ya en campaña contra mi mujer… ¡Quién sabe si me lo encontraré llamando a la puerta del molino! ¡Quién sabe si me lo encontraré ya dentro!… ¡Quién sabe!… Pero ¿qué voy a decir? ¡Dudar de mi navarra!… ¡Oh, esto es ofender a Dios! ¡Imposible que ella!… ¡Imposible que mi Frasquita!… ¡Imposible!… Mas, ¿qué estoy diciendo?, ¿acaso hay algo imposible en el mundo?, ¿no se casó conmigo, siendo ella tan hermosa y yo tan feo?

Y, al hacer esta última reflexión, el pobre jorobado se echó a llorar…

Entonces paró la burra para serenarse, se enjuagó las lágrimas, suspiró hondamente, sacó los avíos de fumar, picó y lió un cigarro de tabaco negro, empuñó luego pedernal, yesca y eslabón, y, al cabo de algunos golpes, consiguió encender candela.


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