El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos El terrible trabuco seguía en el mismo rincón en que dos horas antes lo dejó la navarra…
El tío Lucas dio un salto de tigre y se apoderó de él. Sondeó el cañón con la baqueta, y vio que estaba cargado. Miró la piedra, y halló que estaba en su lugar.
Volvióse entonces hacia la escalera que conducía a la cámara en que había dormido tantos años con la señá Frasquita, y murmuró sordamente:
—¡Allí están!
Avanzó, pues, un paso en aquella dirección; pero en seguida se detuvo para mirar en torno de sí y ver si alguien lo estaba observando…
—¡Nadie! —dijo mentalmente—. ¡Sólo Dios…, y ése… ha querido esto!
Confirmada así la sentencia, fue a dar otro paso, cuando su errante mirada distinguió un pliego que había sobre la mesa…
Verlo, y haber caído sobre él, y tenerlo entre sus garras, fue todo cosa de un segundo.
¡Aquel papel era el nombramiento del sobrino de la señá Frasquita, firmado por D. Eugenio de Zúñiga y Ponce de León!