El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos Así permaneció mucho tiempo, hasta que lo despertó de su meditación un leve golpe que sintió en un pie…
Era el trabuco que se había deslizado de sus rodillas, y que le hacía aquella especie de seña…
—¡No! ¡Te digo que no! —murmuró el tío Lucas, encarándose con el arma—. ¡No me convienes! Todo el mundo tendría lástima de ellos…, ¡y a mí me ahorcarían! ¡Se trata de un corregidor…, y matar a un corregidor es todavía en España cosa indisculpable! Dirían que lo maté por infundados celos, y que luego lo desnudé y lo metí en mi cama… Dirían, además, que maté a mi mujer por simples sospechas… ¡Y me ahorcarían! ¡Vaya si me ahorcarían! ¡Además, yo habría dado muestras de tener muy poca alma, muy poco talento, si al remate de mi vida fuera digno de compasión! ¡Todos se reirían de mí! ¡Dirían que mi desventura era muy natural, siendo yo jorobado y Frasquita tan hermosa! ¡Nada!, ¡no! ¡Lo que yo necesito es vengarme, y, después de vengarme, triunfar, despreciar, reír, reírme mucho, reírme de todos…, evitando por tal medio que nadie pueda burlarse nunca de esta jiba que yo he llegado a hacer hasta envidiable, y que tan grotesca sería en una horca!