El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos Así discurrió el tío Lucas, tal vez sin darse cuenta de ello puntualmente, y, en virtud de semejante discurso, colocó el arma en su sitio, y principió a pasearse con los brazos atrás y la cabeza baja, como buscando su venganza en el suelo, en la tierra, en las ruindades de la vida, en alguna bufonada ignominiosa y ridícula para su mujer y para el corregidor, lejos de buscar aquella misma venganza en la justicia, en el desafío, en el perdón, en el cielo…, como hubiera hecho en su lugar cualquier otro hombre de condición menos rebelde que la suya a toda imposición de la naturaleza, de la sociedad o de sus propios sentimientos.
De repente, paráronse sus ojos en la vestimenta del corregidor…
Luego se paró él mismo…
Después fue demostrando poco a poco en su semblante una alegría, un gozo, un triunfo indefinibles…, hasta que, por último, se echó a reír de una manera formidable…, esto es, a grandes carcajadas, pero sin hacer ningún ruido (a fin de que no lo oyesen desde arriba), metiéndose los puños por los ijares para no reventar, estremeciéndose todo como un epiléptico, y teniendo que concluir por dejarse caer en una silla hasta que le pasó aquella convulsión de sarcástico regocijo. Era la propia risa de Mefistófeles.