La Alpujarra
La Alpujarra Encontrámoslas aquí apiladas de cualquier modo en plazas y calles: cómpranlas luego mercaderes de otros países; enciérranlas en lujosos estuches, envuelta cada cual en una finísima bata de papel de seda; condúcenlas por camino de hierro o en barco de vapor a Berlín, a Londres o a San Petersburgo, y allí véselas (¡qué horror!), empingorotadas, como en un trono, en áureos fruteros, entre caloríferos y perfumadas bujías, ostentar su hermosura en los triclinios de los bárbaros del Norte y regalar el gusto de tal o cual Sardanápalo aforrado en inultas pieles… de otros animales por su estilo.
Y lo mismo digo de los limones.
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Ya veis que, en pago de vuestra indulgencia, he defendido a la raza latina y maltratado cruelmente a sus émulas del Septentrión.
Confiado ahora en el agradecimiento de que, por ende, os supongo poseídos, voy a volver en busca de nuestros émulos del Sur, los fieros islamitas, esperando me dispenséis no los trate con tanto rigor como a los paisanos de Shakespeare, de Mikiewicht, de Goëthe, de Thorwaldsen, de Gogol y ¡¡de Bismark!! No es prudente enemistarse a la vez con todo el mundo.
Mas ¿dónde encontrar ahora a ABEN-HUMEYA?