La Alpujarra

La Alpujarra

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Entonces también; cuando todos callan y todo habla, percibe el hombre, si quiere (y esto es lo más importante de mi peroración), tenues voces que bajan de la excelsitud de su espíritu o se alzan de los abismos de su conciencia… Entonces oye, dentro de sí, a poco que escuche, las tácitas bendiciones de su agradecimiento; el gemido apagado de sus recuerdos juveniles; el cuchicheo de los celos, de la sospecha o de la duda; el blando aliento de la esperanza; el vuelo remoto de los amores que se fueron; el roer de las deudas; los pasos de la muerte (más cercanos cada día); el tartamudeo de los remordimientos; la confidencia misteriosa de la Gracia; los ayes de sus víctimas; los suspiros de los menesterosos; el clamor de la opinión; los encargos de los que murieron, y sobre todo, aquella gran voz, cuyos ecos llenan el mundo, denominada ¡Voz de lo Alto!

* * *

Por lo demás, a mí no se me oculta hoy que casi todo lo que encontrábamos de particular en aquellas primeras lomas y arroyadas de la Alpujarra procedía principalmente de la circunstancia de haber montado ya a caballo.

La prueba es que en el Valle de Lecrin habíamos pasado por lugares muy parecidos, sin reparar en ellos.


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