La Alpujarra
La Alpujarra ¡El ruido del coche y su inflexible marcha nos habían impedido allí entrar en íntimas relaciones con la soledad, y merecer, como ya merecíamos, toda la confianza de la Naturaleza!
Y es que, como dije anteriormente, el caballo nos da la independencia y la libertad al darnos la fuerza: aíslase uno fácilmente con ayuda de él; quédase atrás, o echa delante de la caravana, según le acomoda; apártase del sendero; sube a la cima; desciende a los barrancos; registra todas las fases de las peñas; párase ante los arroyos para verlos correr, ante las aves para oírlas cantar, ante las flores para contemplarlas enamorado… ¡Es uno, en fin, rey del mundo! Tiene alas.
Volemos, pues; y tratemos de llegar temprano a Órgiva, —término de nuestra jornada de hoy—.
Dos encuentros. Llegada a Órgiva
Caminando íbamos en esta dirección, sin hallar otros lances ni espectáculos que más soledad y más silencio (como si no fuéramos a ninguna parte, o recorriésemos un país encantado), cuando la casualidad nos deparó un encuentro… que no lo dispusiera mejor un novelista.
