La Alpujarra
La Alpujarra A principios de este siglo producían también muchísima seda, lo mismo que el resto de la Alpujarra; pero esta industria, que les legaron los moros y los judíos, ha venido tan a menos en todo aquel país, que hoy la mayor parte de los opulentos morales que allí quedan, más parecen destinados por Dios a dar dulces moras al hombre que útiles hojas a la primorosa oruga.
¡Volviera a ser Granada, «la Damasco de Occidente», y la Alpujarra, seguiría llamándose la «Tierra del Sirgo»! —Si ya no merece este nombre, la culpa no es de los alpujarreños, de las moreras ni de los gusanos[32]—.
Pitres (Petras en latín), la antigua capital de aquella diminuta comarca, duerme el sueño de la Historia entre dos ríos paralelos, el Bermejo y el Sangre (que, como se ve, llevan dos señores nombres de ríos). A mayor abundamiento, al pie de la Taha eleva sus moles de pizarra el Cerro de la Corana, puesto allí indudablemente para impedir que ruede ladera abajo aquel delicioso nido de pueblos. Y, por último, sírvele de foso a esta muralla y de nueva defensa a la patria de cierto antiguo amigo mío, ex-Diputado a Cortes por mas señas, el pujante río de Trevélez… (de Trevélez, ¿entendéis bien?), que baja de donde se oye cantar a los querubines, cargado de exquisitísimas truchas. —Hay pueblos que tienen estrella en todo: ¡hasta en el río!