La Alpujarra
La Alpujarra —¡Hombre… déjeme usted en paz! ¿Qué culpa tengo yo de que usted sea un majadero? Yo no le mandé a nadie con mi voto que dejase de ser católico apostólico romano. Lo que yo hice con mi voto fue rendir culto a otra libertad mucho más antigua y sacrosanta que la polÃtica; esto es, al libre albedrÃo o libertad de pecar en que Dios dejó al hombre y en que los hombres debemos dejar asimismo a nuestros semejantes para todo aquello que no salga de la órbita de su conciencia individual. Por lo demás, yo sabÃa que el establecimiento de la libertad de cultos, en una tierra donde no se profesa más religión positiva que la católica apostólica romana, —y donde, como en todos los paÃses constituÃdos, el Gobierno, o sea la propia Nación, tiene que subvenir a todas las necesidades colectivas, asà materiales como morales, de los ciudadanos (a la instrucción pública, a la administración de justicia, a la seguridad personal, a la defensa del territorio, a la beneficencia, a la conservación de monumentos, etc., etc., etc.)—, no darÃa otro resultado que hacer ver al mundo, para mengua y confusión de los impÃos y de los herejes, que el Catolicismo era la única religión de los españoles, y que estos lo profesaban y su Gobierno lo protegÃa, no ya en virtud de una despótica intolerancia, como en tiempos de FELIPE II, sino en virtud de la propia libertad polÃtica, por aclamación popular, porque tal era la explÃcita y terminante voluntad de los pueblos.