La Alpujarra
La Alpujarra Eran las cuatro y media de la madrugada; esto es, las cuatro y media de la noche.
[…]
* * *
Pareció, por último, el verdadero día, a la hora prefijada por Dios y combinada por los astros.
Supóngolo así a lo menos; pues, por lo que a nosotros toca, la cosa aconteció, sin que nos advirtiéramos de ella, cuando más ocupados estábamos en el zaguán de la Posada, arreglando las mil y una complicaciones inherentes a la obra de romanos llamada aparejar.
Siempre he admirado a los arrieros en esta operación magna, verificada por lo regular a tientas, a la desatendida voz de «¡Alumbra aquí, muchacho!» cuando el muchacho y ellos están medio dormidos, y el mesón hecho un laberinto de albardas, jáquimas, costales, sillas, bocados, alforjas, capachos, cestas, capas, mantas, sogas y baúles, todo ello completamente igual en apariencia, dentro de su respectivo género… ¡Yo no sé cómo cada uno reconoce, no solo lo suyo, sino también lo ajeno y la infinidad de encargos que lleva; yo no sé cómo todo parece, y cómo, si se pierde algo, se adivina en el acto su paradero; ni tampoco sé cómo se las componen a oscuras aquellos dedos de corcho para atar, liar, enganchar, pasar correas, ajustar hebillas, y gobernar al mismo tiempo a los irracionales, —que nunca se muestran dispuestos a dejar la cuadra por el camino—!