La Alpujarra

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—¡Estaría escrito! —añadió uno por lo bajo, consultando su reloj.

—¡Cómo ha de ser! —suspiró otro amargamente, despidiéndose de la almohada.

—Pues, señor —a la noche dormiremos más, dijo de una manera indefinible quien de seguro no había dormido poco ni mucho desde que se acostó.

Y probó a incorporarse.

—¡Vamos a Albuñol! —agregó no sé cuál de ellos, recreándose de antemano en el término de una jornada que no sabía cómo principiar.

Y se sentó en la cama.

—¡Pecho al agua, caballeros, que es medio día! —gritó al fin un valiente, dando un brinco y abriendo de par en par el balcón, a fin de que los menos diligentes perdiesen toda esperanza de dormir algo

Y se encontró con que era tan de noche a la parte afuera como a la parte adentro de los cristales.

—¿A quién la pego un tiro? —preguntaba entre tanto, en correcto andaluz, el mozo de la Posada, apuntando con la botella a las copas y con las copas a la asamblea, e indicando de aquel modo que el aguardiente era legítima bala rasa.

Nulla est redemptio! —gimió entonces el más rezagado.

Y toda el mundo se encontró de pie.


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