La Alpujarra

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Trató de volver a reinar el silencio; pero ya le fue imposible. La fe en que llegaría a amanecer como todos los días, y muy pronto, iba y venía ya con alguien por el establecimiento. Oyéronse, pues, sucesivamente chirridos de llaves y de goznes de puertas que se abrían; trastazos de tropezones; toses vitalicias; pasos remotos; gritos bruscos que solo entienden las bestias; coces sonando sobre tabla; juramentos, relinchos, maldiciones; otros pasos más próximos, recios como trancazos, ganando poco a poco la escalera; y, finalmente, tres furiosos golpes, aplicados a la puerta de nuestro cuarto, y una espantosa voz, semejante a un tiro, que, traducida al cristiano, había querido decir: «¡Arriba!»

* * *

Abrí la puerta, y el Día, representado por un candil y por un plato lleno de copas de aguardiente, penetró en aquel calabozo, en aquel hospital de sangre, en aquel campo de batalla cubierto de heridos, o en aquella Sala del Tormento digna de la Venecia de los Dux, anunciando a tanta y tanta víctima como yacía con botas y espuelas sobre un colchón continuo, formado por la yuxtaposición de muchos colchones, que había llegado al fin para todas ellas la hora de la libertad, de la convalecencia, de la misericordia.

—¡Arriba! —contestaron, pues, los nueve compañeros de cama, animándose mutuamente con el ademán, pero sin levantarse ninguno.


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