La Alpujarra

La Alpujarra

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Recordaréis haber leído al comienzo de estas páginas que el mulo, según pública voz y fama, era indispensable para recorrer ciertos y ciertos caminos del territorio alpujarreño, y que nosotros, cediendo a la opinión general, habíamos encargado que nos esperasen en Órgiva tres de aquellos tan recomendados cuadrúpedos.

Recordaréis también, los que hayáis tenido la dignación de leer mi viaje por los Alpes, la profunda y razonada antipatía que siento hacia el mulo, según que allí expliqué en una extensa y luminosa disertación que me envidio a mí mismo; y, en cuanto a los que desconozcáis aquella obra, de seguro abundaréis en el propio horror al monstruoso mestizo, viviente calumnia de su doble sangre; como abundó, abunda y abundará siempre toda persona bien nacida, y como hallé que abundaban frenéticamente mis dos primitivos camaradas de viaje.

Ahora bien: los tres mulos indicados nos aguardaban desde la víspera en las cuadras de la Posada, muy orgullosos sin duda de vernos pasar por la humillación de entregarnos a ellos como el gran Bonaparte a los ingleses… Pero he aquí que, cuando estábamos ya con un pie en el Bellerophonte, o sea en el estribo, reparamos en que dos o tres de nuestros nuevos compañeros de expedición, procedentes por cierto del Cerrajon de Murtas, es decir, de la región de las águilas y las nubes, habían ido a Órgiva el día anterior, y pensaban ir a Albuñol aquel día, caballeros en sendos corceles…


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