La Alpujarra
La Alpujarra —¡Ah! —nos dijimos entonces los tres condenados a cantar la palinodia—. ¡Con que es humanamente posible recorrer lo peor de los montes alpujarreños sin transigir con el más bárbaro de nuestros enemigos! ¡Con que se puede ir a caballo por el Puerto de Jubiley! ¡Pues a caballo iremos nosotros!
Y de aquà surgió el debate.
Nosotros alegábamos, en sustancia, que preferÃamos perder un tanto por ciento de probabilidades de no rompernos la crisma a implorar la protección de la bestia por antonomasia. (Señales de aprobación en la izquierda).
Los alpujarreños de los bancos de enfrente nos contestaban con hidalga resolución que ellos se habÃan constituido en fiadores de nuestras vidas… (Aplausos. El mozo vuelve a llenar las copas.) y que el casco del caballo era demasiado ancho para los vericuetos que Ãbamos a escalar aquella mañana. (Rumores).
A este argumento replicábamos nosotros, —retorciéndolo—, que: si el peligro era tan evidente, no debÃamos, no podÃamos, no querÃamos (estilo parlamentario) conducir a una muerte segura (Sensación) a aquellos dos o tres amigos que ya se encontraban a caballo.