La Alpujarra

La Alpujarra

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- III -

La nueva primavera. —Coronación de Aben-Humeya. —La Venta de Torbiscon.—Torbiscon y su rambla.—Algunos peñones sueltos.

Nuestra caminata de aquel día había de ser una continua serie de transiciones y contrastes. —Nada más natural, estando, como ya estábamos, enfrascados en la tierra clásica de los accidentes topográficos, de las bajadas y subidas, de las quebradas y los promontorios—. La Alpujarra tenía que resultar digna de su nombre.

Por ejemplo: en aquel instante, cuando aún abrumaban nuestra imaginación las escabrosidades del Puerto de Jubiley, recorríamos ya alegremente un apacible vallecillo, en que todo era inocente y delicioso, y donde experimentamos una emoción tan melancólica como dulce.

Hasta entonces, los árboles más subordinados al influjo primaveral; los que sienten correr su savia en febrero; los que ven hinchadas sus yemas en marzo; los que computan las estaciones del propio modo que el hombre, y tienen acaso también su primavera médica; verbigracia, los almendros, los cerezos, los perales, los guindos y demás frutales tempranos, solo nos habían mostrado flores (que, como es sabido, preceden en ellos al follaje); pero allí, en aquel riente vallejuelo, encontramos ya árboles con hojas, o sea las primeras hojas del año.


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