La Alpujarra

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Y ¡ay!, por poco que se haya vivido, ¿qué ojos humanos podrán permanecer enjutos en presencia de la renovación anual de las campiñas y de los bosques? ¿Quién no echará de menos flores de su alma y frutos de su vida, que huyeron en alas del ábrego para nunca más volver? ¿Quién dejará de llorar, —no ciertamente el continuo descaecer de su existencia; no ciertamente este providencial envejecer de cada instante, que nos deja el consuelo de vislumbrar, más allá del sepulcro, otra primavera eterna, en cambio de los ensueños e ilusiones terrenales que nos arrebató la edad—, pero sí su amargo destino de sobrevivir un año y otro, como el despojado tronco herido por el rayo, a la muerte de aquellas flores y aquellos frutos, y a la perpetua emigración de las inocentes avecillas que nacieron y anidaban en sus ramas?…

Doblemos la hoja.

* * *

Doblémosla, sí, y veamos qué vallejuelo era aquel a que habíamos descendido.

Verdaderamente, más que un valle, era una especie de Estrecho que servía de tránsito de un valle a otro.

Porque lo cierto es que estábamos pura y simplemente en un escondido recodo del importante río de Cádiar, que acababa de regar dos leguas más arriba los amplios vergeles de aquella antigua Corte de unos días…


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