La Alpujarra

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La identidad de sus caracteres, su ladina bufonería y la continua broma con que se trataban, llamaron vivamente nuestra atención. Pocas veces se habrá visto llevar la cruz del matrimonio con tanto donaire, desembarazo y buen humor como ellos la llevaban… (No habían tenido hijos). Con dificultad también se hubiera dado una familia más feliz y alborozada dentro de tanta pobreza… (No tenían hijos). Eran ya de cierta edad; no viejos seguramente, pero tampoco jóvenes, y jugaban el uno con el otro como dos muchachos de diez años… (No tenían hijos…). Y, con todo; aquel desmedido júbilo, aquella insustancialidad de su vida, aquel Sacramento practicado en chanza, aquella dicha tan fácil y segura, acabaron por inspirarnos compasión… (¡No tenían hijos!).

—¿Quisiera usted haber tenido cuatro hijos, haber perdido dos, y que le vivieran los dos restantes? —le preguntó un día ferozmente a aquella mujer cierto viajero, al tiempo de montar a caballo, procurando que nadie sino ella oyese tan brusca y extravagante interpelación…

Y es fama que la risa se heló en el festivo rostro de la ventera; y que sus ojos se nublaron, y que su boca se frunció tristemente, al suspirar de una manera sorda y con una sinceridad que llegaba al alma:

—Sí, señor.

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