La Alpujarra
La Alpujarra De la Venta de Torbiscon bajamos a la anchurosa rambla del mismo nombre; —lo cual demostraba que nos Ăbamos aproximando al propio Torbiscon, antigua capital de la Contraviesa—.
Pero ¡ay!, antes de llegar allĂ, habĂamos de formar juicio de lo que significa una rambla de la Alpujarra… Esto es: habĂamos de sufrir todas las fatigas de los desiertos africanos, —como acabábamos de saborear en el rĂo de Cádiar, a la bajada del Puerto de Jubiley, todas las dulzuras de los oasis—.
Las mutaciones escĂ©nicas de aquella jornada no podĂan ser más bruscas ni más frecuentes.
¡Calor y arena!… He aquà resumida la hora interminable (de las diez a las once) que pasamos subiendo la Rambla de Torbiscon.
No corrĂa un pelo de aire… Se respiraba fuego… ¡Ni un palmo de sombra por ningĂşn lado!… HubiĂ©rase dicho que viajábamos por el mismo globo del Sol, o que el Sol habĂa incendiado la Tierra.
¡Arena, y calor siempre…, o, a lo menos, hasta agotar nuestro sufrimiento!… Aniquilado todavĂa mi espĂritu, solo con el recuerdo de aquella marcha, no encuentra mejor manera de definirla. —¡Y eso que estábamos en marzo!—.
No diré, pues, más. —Añadid vosotros ahora toda la arena y todo el calor que os dé la gana—.