La Alpujarra
La Alpujarra Quiso, al fin, Dios… (Pero ¿qué digo al fin? ¡Aquel fin fue solo de la primera, parte!). Quiso Dios, de todas maneras, que Torbiscon apareciese a nuestros ojos, anclado en la rambla, y sirviendo como de cobertera a un aplastado cerrete…
—¡Bendito sea el hombre, que ha inventado los pueblos para que descansen los caminantes!… —pudimos exclamar en aquel momento, plagiando al Luciano del siglo XVIII.
Ello es que pusimos la proa a Torbiscon, en busca de unos minutos de respiro, no sin darnos cuenta de una particularidad muy rara: y era: que no habÃamos encontrado en todo el dÃa ni un solo caminante en ninguna de las sendas que habÃamos recorrido.
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