La Alpujarra

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A pesar de la meseta que sirve de asiento a la noble y vetusta villa en que íbamos a entrar, diz que sus habitantes recelan verla sepultada bajo olas de arena, o arrancada de cuajo, el día que menos se lo figuren, por los espantosos aluviones que la Contraviesa envía frecuentemente a aquella endemoniada rambla. Profesan, pues, los torbisconenses cierto linaje de cariño y de agradecimiento a un enorme y hermoso peñón enclavado en medio de ella, un poco más arriba del pueblo, precisamente en el puesto de mayor peligro, —el Peñón de Pinos recuerdo ahora que se nombra—, del cual esperan que seguirá protegiéndolos como hasta aquí contra una furiosa acometida de las aguas.

Hacen bien en confiar en él… ¡Se lo digo yo! (Así se debe hablar en este mundo). Aquel rudo monolito, rodado de la próxima montaña durante algún terremoto contemporáneo de Mathusalem, y donde quiebra y tuerce visiblemente la primitiva proyección de las avenidas, es y será inconmovible…, mientras no ocurra otro cataclismo como el que le hizo establecerse allí; y, para tales contingencias (de que Dios libre ya a nuestro planeta; pues bueno está como se halla; sobre todo para el poco tiempo que permanecemos en él ahora los mortales: —¡Mathusalem vivió novecientos diez y nueve años!), fuera un exceso de lujo tomar ningún género de precauciones—.

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