La Alpujarra
La Alpujarra Es decir, que desde las puertas de la villa hasta el pie de la Contraviesa, caminamos siempre por aquella perdurable rambla, circuida de cerros, privada de toda ventilación y cada vez más encendida.
Por eso nunca olvidaré el amor que nos inspiraron otros dos o tres peñones, semejantes al de Pinos, que encontramos de pie, enteramente solos, en mitad de la arena, y escalonados a larga distancia uno de otro, como gigantescas estatuas del dios Término, o más bien como Estaciones o Ventas colocadas allí por el verdadero Dios para hacer posible la travesía de aquel desconsolado erial…
Sobre todo, uno de ellos, más alto que los demás, cuadrado y erguido como una torre, y algo cóncavo por la cara que miraba al Septentrión, nos enamoró de tal modo y obligó tanto nuestra gratitud que, si yo fuera Rey, lo volvería a colocar sobre la montaña de que se desprendió contra su gusto.