La Alpujarra
La Alpujarra Porque habéis de saber que, entre la escasa sombra exterior (llamémosla así) que el Peñón proyectaba hacia el Norte a aquella hora, y la sombra interior, hija de su concavidad, resultaba, en medio del reverberante y abrasado desierto, un espacio oscuro, fresquísimo, recamado de húmedas hierbas, y hasta de flores salvajes, capaz de contener, como contuvo, y de consolar, como consoló, simultáneamente, a media docena de caballeros y algunos peones, —por más que el sol pasara a la sazón por aquel meridiano—.
Allí nos guarecimos, sí, los que íbamos a vanguardia, y allí estuvimos como unos príncipes, hasta que llegaron nuestros compañeros y nos relevaron, como era justo; quedándose ellos entonces de guarnición, por otros breves instantes, en aquella umbrosa isla rodeada por un océano de fuego. —Todos a la vez no habríamos cabido—.
Partimos, pues, nosotros en busca de otro peñón; pero ya no encontramos ninguno; visto lo cual, y como prenda de cariño, bautizamos a aquel desde muy lejos con el nombre de Peñón de Zorrilla, en conmemoración de estos dos gráficos versos del príncipe de los trovadores:
[…]
al ronco son de bárbara guitarra,
debajo de un peñón de la Alpujarra.