La Alpujarra
La Alpujarra Pero, si no encontramos otro peñón, en cambio pusimos los caballos al galope (a riesgo de que se asfixiasen), con tal de salir de una vez de aquella insoportable rambla…
Y, en efecto, gracias a un remedio tan heroico, pocos minutos después nos vimos al fin libres de ella, arrimados a una altísima montaña y guarecidos a la sombra de dos o tres corpulentos árboles.
Allí principiaba una cuesta, que se encaramaba desde luego de roca en roca con dirección a las nubes…
—Por ahí tenemos que subir… —nos dijo un alpujarreño.
—¡Mejor! —contestamos los demás, hartos de arena y de llanura.
Era la famosa Cuesta de Barriales.
Estábamos al pie de la Contraviesa.