La Alpujarra
La Alpujarra âÂĄTodos, âos respondĂaisâ, todos irĂamos rodando a los profundos infiernos, empujado cada cual por su vecino!
Y, en prueba de ello, de vez en cuando, sentĂais caer sobre vosotros menudas chinas (afortunadamente eran menudas), desprendidas por los apurados cuadrĂșpedos que hacĂan equilibrios en lo alto.
Ahora: si, en virtud de haber tomado individualmente por algĂșn breve atajo, creyĂ©ndolo menos peligroso, caminabais por ventura entre los mĂĄs delanteros, y os ocurrĂa mirar por encima del hombro hacia aquella reata de jinetes escalonados a vuestros pies, âtodos de perfil, el uno vuelto a la izquierda, el otro a la derecha, y asĂ alternadamente hasta el remate de la procesiĂłnâ, no podĂais menos de reĂros en medio de vuestro saludable miedo; pues os parecĂa que cada uno de los de atrĂĄs iba colgado de la cola o de las patas del caballo del de adelante, formando en suma una de aquellas escalas vivas por medio de las cuales bajan los monos a beber agua a los pozos de los desiertos de Ăfrica.
Y en los dos casos, fueseis a la zaga o la cabeza, no comprendĂais cĂłmo habĂais subido por donde la retaguardia estaba subiendo, o cĂłmo habrĂais de subir adonde ya se encontraba la vanguardia.
Todo lo cual declaro asimismo (y tambiĂ©n lo hubierais declarado vosotros) era todavĂa preferible al llanĂsimo arenal de TorbisconâŠ