La Alpujarra
La Alpujarra ¡Siquiera allÃ, en la Cuesta de Barriales, en los escalones de la Contraviesa, hacÃa algún fresco a ratos, corrÃan ráfagas de aire al embocar con este o aquel gollizo remoto, y encontraba uno tal o cual árbol o desgajada peña a cuya sombra encender un cigarrillo!
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«Tal o cual árbol» he dicho; y no era asà seguramente como me cumplÃa expresarme con relación a la Contraviesa, sino de modo y forma que se entendiese que aquella cordillera está casi toda cubierta de árboles… y de árboles muy productivos por cierto.
Rectifico, pues, y digo (aunque limitándose todavÃa a la falda que Ãbamos subiendo, —la cual es la menos rica, por ser la que mira al Septentrión) que sus lomas y barrancos ostentaban por doquier, entre otros vegetales menos preciados, dilatadas viñas, extensos bosques de almendros e infinidad de blanquecinas marañas de seculares higueras—.
Uvas, almendras, higos… He aquà las principales cosechas de aquella zona, al parecer salvaje. —Pero ¡qué higos, qué almendras y qué uvas!—. «¡De la Alpujarra!» —se dice en toda AndalucÃa, como suprema recomendación, al ofreceros esos tres frutos—. Y, para los inteligentes, no hay más que decir.