La Alpujarra
La Alpujarra Pero, como nos constaba que en la prosecución del viaje habíamos de distinguir varias veces, y mucho más claramente que aquella tarde, la que ya hemos llamado Sierra Nevada del Imperio de Marruecos (pues de algo habría de servirnos trepar, como treparíamos el Miércoles Santo, a la Sierra Nevada de la Península Española), aplazamos para entonces todas las consideraciones a que se prestaba aquella exótica lontananza… aún a los ojos de los que no teníamos parientes moros, judíos, renegados, presidiarios, ni de guarnición en Melilla.
Reduzcámonos, pues, también ahora a la contemplación de la Alpujarra, dejando en paz el vecino continente. Miremos, sí (ya que, gracias a Dios, la tenemos ante la vista), la célebre tierra por que tanto hemos suspirado, y no seamos como los ambiciosos o los amantes, que matan, al mismo tiempo que el deseo, la cosa deseada, y en seguida se ponen a llorar por lo que queda.
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Y bien: desde lo alto de Cerro Chaparro se veía lo siguiente…
Pero digamos antes lo que no se veía.
No se veían ni los pueblos, ni las vegas, ni las playas, ni las puntas, ni las torres (¡unas de carabineros y otras de faros!), que bordan, según descubrimos más adelante, las solanas y el zócalo de aquellos colosales cerrajones.