La Alpujarra
La Alpujarra »Pues bien: concluirá haciéndoos notar que, así como todas las montañas de nuestra zona parecen hijas del invierno, la Alpujarra parece hija del verano. En lo hondo de los valles de los Alpes y de los Pirineos, se ven, por ejemplo, a la puerta de las chozas, témpanos de hielo rodados de la altura, o algunas pobres piñas desprendidas de la ladera… A la puerta de los cortijos alpujarreños veis montones de almendras nacidas cerca de las nubes, o naranjas sin dueño que se han escapado del terromontero vecino. Allí se sueña a la luz de la lámpara… Aquí se duerme a la luz de la luna. Allí se esculpen, en setiembre, al fulgor de una tea, baratijas de palo… Aquí, en octubre, se pasan uvas e higos al calor del sol. Los bardos de aquellas montañas las personifican siempre en deidades de ojos azules… La Alpujarra es una montaña de ojos negros. “Montaña” suele implicar la idea de maga, de sílfide, de oréada, de ser quimérico, errante, vaporoso como la niebla… La Alpujarra es una saludable odalisca, o, cuando más, una peri, una hurí, una divinidad, en suma, de carne y hueso, prometida por El Corán a los méritos de los musulmanes»…
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Terminó el orador, y quedose asombrado al ver que nadie aplaudía ni le contestaba…
Entonces reparó en que todos sus compañeros se habían dormido.