La Alpujarra

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Miráronse los examinadores, inclinando la cabeza en señal de asentimiento, y dieron al soldado la nota de nemine discrepante; pero el público que presenciaba los exámenes se reía entre tanto a mandíbulas batientes.

Irritose con esto Sierra Nevada, hasta ponerse más roja que cuando reverberan en su faz los últimos resplandores del ocaso, y, levantándose tan alta como es, prorrumpió en este brillante apóstrofe:

—¡Reíd, almas frías! ¡Reíd! ¿Qué entendéis vosotras de moral? ¡Reíd, mientras que los Quijotes os compadecen de tal manera que, por listos y aprovechados buzos que seáis, nunca lograréis medir las profundidades del mar de su desprecio, ni menos robarles las riquísimas perlas, tamañas como nueces, con que Dios se sirve hermosear y consolar el alma de los deshacedores de agravios!

[…]

Con que terminemos.

Visto que todos dormían, el orador, lejos de enfadarse, se durmió también…

Y poco después se durmieron los criados…

Y así se realizó lo que estaba escrito, de que fuese en lo alto de aquella montaña donde,

sin más testigos que el vecino cielo,

y a la sombra de encinas y alcornoques


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