La Alpujarra
La Alpujarra Señores: ¿estará profundo?
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Comentando íbamos estas y otras consejas populares, cuando a todo lo largo de nuestra cabalgata resonó el suspirado grito: «¡Albuñol!» en el mismo tono con que los cruzados debieron gritar: «¡Jerusalén!» desde lo alto de los montículos que la dominan, o como los compañeros de Colon gritarían: «¡Tierra!» la madrugada del 12 de Octubre de 1492 o como los soldados de O’Donnell gritaron: «¡Tetuán!» desde las susodichas alturas de Cabo-Negro.
Reconozco que estas tres comparaciones son demasiado superiores a la cosa comparada; pero la verdad es que Albuñol, visto, como nosotros lo veíamos, muy a lo lejos aún y todavía desde una grande altura, no era, materialmente considerado, menos bello, seductor y atractivo que con cuyo general aspecto tenía un extraordinario parecido.
La blanca villa alpujarreña, iluminada por el sol Poniente, parecía un puñado de mármoles rotos, restos de una titánica edificación, arrojados en la combada pendiente de una loma. Esta loma relacionábase luego en apariencia, por ingentes peldaños sucesivos, con el Cerrajón de Murtas, detrás del cual asomaba todavía Sierra de Gádor su encanecida cabeza.