La Alpujarra

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Pues bien (y ya… no de cuento, sino de sucedido): en lo más escarpado e inaccesible de la ladera de aquel cerro, se ven todavía las estacas que clavó ÁLVAREZ para subir a robarles su miel a unas abejas. La subida le fue posible; pero, al bajar, colgado de una soga que sujetó en lo alto, rompiose esta… y el infeliz desapareció en la sima, —¡camino de la Nueva Zelanda!—.

Un trozo de la soga rota, pendiente de una de las estacas a modo de resto del dogal de un ahorcado, fue el único indicio que quedó de aquella desventurada empresa…

Pero esto solo bastó para que el nombre de Álvarez se hiciese tan inmortal como el de Chéops, yendo como va ya unido a la existencia de aquel cerro, —monumento de su gloria, no menos alto y sólido sin duda alguna que la gran pirámide de Djizeh—.

¡Y todo por haber muerto cometiendo un robo!

¡Cuán fácil es pasar a la posteridad!

* * *

Ni paran aquí las historias del Tajo del Veredon.

Más allá del Cerro de Álvarez, se ve el de las Covezuelas, que sirve de asiento al Cortijo del Padre Francisco.

Dirigíase a este cortijo una viejecita con un saco de lentejas, y, habiéndose despeñado, nacieron y fructificaron las lentejas antes de que el cuerpo de la viejecita llegase al fondo del Tajo.


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